Cuando entró nunca pensó en que aquel lugar que parecía una casa decente de algún ermitaño polinesio, en verdad sería la casa del tatuador más calificado de la ciudad.
Los colores fueron diluídos en agua, la aguja sería certera y la sangre podría asomarse por entre la piel como una niña curiosa hurgando por entre las hendiduras de la ventana para ver pasar el carnaval.
Por supuesto que dolió..., y mucho; pero aún así, demostró su temple y no se quejó. Al fin un tatuaje representando lo que él tanto quería y en lo que tanto creía.
miércoles, 7 de mayo de 2008
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